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Falso
La afirmación ha demostrado ser falsa, al ser contrastada con las fuentes y datos más serios y confiables.
 
El deterioro del debate público
Pasión por Goebbels
( 13 Votos )
Por Fernando Halperín   
Sábado 09 de Octubre de 2010


Insostenible
Medios y políticos despuntan el deporte de considerar nazis a los oponentes, sin medir el calibre de la acusación.

Además...
>La trivialización del nazismo: en EE.UU. también se consigue
>Boudou, fuera de lugar


Entre las costumbres de políticos y medios de comunicación de la Argentina quizás sea hora de agregar una más: la de repartir a diestra y siniestra acusaciones de “nazis” a los oponentes, con una liviandad tal, que pone en serio riesgo de diluirse el verdadero significado que tuvo para la humanidad el nacionalsocialismo alemán, quizás el régimen más perverso que haya conocido la historia moderna.

No cabe duda de que la Argentina del siglo XXI poco tiene que ver con la tenebrosa Alemania del Tercer Reich, gobernada por Adolf Hitler (1933-1945). Sin embargo, si fuera por políticos y medios, deberíamos pensar que estamos en verdadero peligro de sufrir un régimen similar o análogo al que llevó al desastre a toda Europa y produjo el mayor genocidio de la historia.

Por ejemplo, el martes pasado, en su programa en el Canal 26, el periodista Jorge Lanata acusó al programa 6, 7, 8 de ser “Goebbels puro”. Dos días antes, el domingo último, en la columna editorial de La Nación titulada “Históricas rupturas el kirchnerismo”, Joaquín Morales Solá opinó respecto del conflicto entre el Gobierno y la Corte Suprema, que “un discurso digno de Goebbels se apoderó de los voceros del poder y del poder mismo”, aunque sin dar muchas precisiones sobre el personaje que estaba evocando.

Joseph Goebbels, es bueno recordarlo, fue uno de los más siniestros jerarcas del gobierno nazi, que lideró Adolf Hitler. El ministro de Propaganda e Ilustración Popular del Führer fue un personaje clave del régimen, uno de los principales oradores a la hora de convencer a las masas y organizar apoteósicas quemas de libros. La perversión de su vida tuvo un perfecto correlato a la hora de su muerte: horas antes de que los soviéticos llegaran al bunker en donde se escondía, envenenó a sus seis pequeños hijos con ayuda de su mujer, Magda, antes de cometer suicidio junto con ella. Una de las frases más célebres que se le atribuyen es "miente, miente, que algo quedará". Y de allí las comparaciones. Sin embargo, no es posible tomar sólo este costado de Goebbels sin agregarle un segundo sentido. El ejemplo nunca es inocente. Después de todo, la política de la Argentina y del mundo estuvo, y está, plagada de mentirosos.

Pero volvamos al domingo último. En la misma página que la nota de Morales Solá, a sólo unos centímetros de distancia, Mariano Grondona firmó el segundo editorial, titulado “Con Laclau y Bonafini ya no hay ‘partido K’ sino ‘secta K’". Allí, retomó una teoría publicada en el mismo diario por Beatriz Sarlo, una semana atrás, sobre la “innegable influencia” en las ideas de Cristina y Néstor Kirchner, del pensamiento de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. “Los profesores Laclau y Mouffe han escrito varios libros inspirados en Carl Schmitt (1888-1985) –dice Grondona-, un pensador alemán que algunos consideran ‘maldito’ no sólo porque fue de extrema derecha sino también porque se acercó peligrosamente al nazismo en los años treinta."

Apenas diez días antes, también en La Nación, el periodista Pablo Sirven publicó una nota titulada “El régimen de periodistas del Duce”. El artículo comenzaba con la siguiente ecuación: “Periodista + poder = dictador”. Y si bien aclaraba que “no necesariamente esta ecuación tendría que dar siempre tan tremendo resultado”, aunque en el caso de Benito Mussolini “esa suma es de una precisión matemática”, luego opinaba que “el de Mussolini fue un régimen de periodistas que no sólo influiría fuertemente sobre futuros gobiernos derechistas en la manera de manipular a la prensa, sino también en administraciones de signo supuestamente progresista. Una influencia que, lamentablemente, aún no ha cesado y cuyos aires nos resultan desafortunadamente familiares”. También menciona en el artículo a Goebbels y recuerda a Mussolini, cuando decía que “la prensa más libre del mundo es la prensa italiana”.

Pero la pasión por las comparaciones con el nazismo no termina allí. Si se retrocede un mes, hasta agosto, se descubre que el día 24, cuando el Gobierno presentó con bombos y platillos su investigación sobre Papel Prensa, Clarín y La Nación publicaron en sus tapas, en forma coordinada, una misma nota llamada “Una historia inventada para quedarse con Papel Prensa”. Allí reaparece Goebbels una vez más. Los dos diarios dijeron que el Gobierno seguía “la máxima de Joseph Goebbels, el  padre de la propaganda nazi, ‘miente, miente, que algo quedará’”.

Perfil no queda al margen de este sugestivo hábito acusatorio. La columna publicada el 21 de julio y firmada por el director del diario, Jorge Fontevecchia, lleva directamente la fotografía de Joseph Goebbels. En el texto puede leerse: “Aunque la Argentina actual está lejos de los peores métodos de Hitler, no está distante de los métodos de Joseph Goebbels”.

Hay, desde luego, mucho más:

En la nota “Las ilusiones populistas” (La Nación, 23 de septiembre de 2010),  el escritor Juan José Sebreli saca nuevamente a la luz la presunta influencia de Laclau-Mouffe en los Kirchner y recuerda la fascinación de la pareja de pensadores por Carl Schmitt, el “jurista nazi”.

En “La contraofensiva de los Kirchner, ¿hasta dónde llegará?” (La Nación, 1º de agosto de 2010), Mariano Grondona compara las contraofensivas en los frentes oriental y occidental de la Alemania nazi –que desencadenaron la derrota del Reich- con la contraofensiva del Gobierno tras la derrota en las elecciones del junio de 2009. Y hasta llama “mariscal” a Néstor Kirchner.

En la columna “El club de la buena onda kirchnerista” (La Nación, 27 de enero de 2010), la periodista Silvina Walger dice que “6, 7, 8 es un programa del que Goebbels se hubiera enorgullecido”.

La tapa de la revista Noticias del 23 de abril de 2010, en la que el ex presidente Néstor Kirchner aparece caracterizado como un jerarca nazi junto con la leyenda “Fachoprogresismo”, resulta uno de los puntos más altos de este hábito acusatorio.



En un reportaje, el ex gobernador santafesino, Carlos Reutemann (Los Andes, 7 de junio de 2009), exhorta a los socialistas de dejar de “comportarse como Goebbels”. El Senador santafesino Carlos Mercier había hecho cuatro meses antes exactamente la misma acusación al referente socialista Hermes Binner.

También el ex presidente Carlos Menem acudió a Goebbels al hacer una comparación con el actual gobierno (Noticias, 2 de marzo de 2007).

Durante el reciente tratamiento de la ley de matrimonio igualitario no faltaron las acusaciones de nazismo. El senador Miguel Angel Pichetto acusó a su colega puntana Liliana Alonso de Negre, de nazi. Lo mismo hizo la senadora Beatriz Rojkes de Alperovich en relación con el proyecto de unión civil y el senador radical Gerardo Morales con los que se oponían al proyecto de matrimonio igualitario.

Hasta el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, fue acusado de nazi por el legislador del Movimiento Socialista de los Trabajadores, Marcelo Parrilli, cuando el funcionario decidió prohibir los “trapitos” que cuidan coches.

Quizás, la postura más sensata sea la del propio Pablo Sirven en La Nación, en su nota del 5 de agosto pasado, titulada “La crisis de las malas palabras”. Enojado porque alguien había acusado vía Twitter al presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biolcatti, de ser un nazi, el periodista reflexiona: “Se podrá con todo derecho estar en desacuerdo con el ideario del dirigente del campo, pero llamarlo nazi es perder la dimensión de lo que se está diciendo. El brulote suena más a desconocimiento que a maldad, a la necesidad de contar con un insulto a mano, aunque se desconozca en qué consistió el Tercer Reich y, por lo tanto, poco o nada se sepa del inadecuado calibre del golpe verbal que se asesta”.


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